La arquitectura que conocemos quizás nunca la hemos visto
Hay edificios que creemos conocer perfectamente.
Reconocemos su fachada.
Sabemos cómo son sus espacios.
Recordamos determinadas fotografías.
Incluso podemos tener la sensación de haber estado allí.
Pero quizá nunca los hemos visto.
Hemos visto sus fotografías.
Y no es lo mismo.
Una arquitectura conocida a través de imágenes
Buena parte de la arquitectura moderna que conocemos nos ha llegado a través de libros, revistas, catálogos y, hoy, pantallas.
El propio planteamiento de Fotografía y arquitectura moderna, coordinado por Iñaki Bergera, parte de una idea muy poderosa: muchas de las obras que creemos conocer se han convertido en familiares gracias precisamente a las fotografías mediante las que fueron publicadas y difundidas. El proyecto FAME estudia justamente ese protagonismo de la imagen en la construcción de la modernidad arquitectónica española.
Esto significa que, en cierto modo, nuestra relación con la arquitectura está mediada por imágenes.
Y esas imágenes no son transparentes.
Alguien decidió hacerlas.
Alguien decidió cuáles publicar.
Alguien decidió en qué orden.
Alguien decidió cuáles repetir.
Y algunas terminaron convirtiéndose en la imagen que tenemos de un edificio.
¿Quién decide cómo recordamos un edificio?
Esta pregunta me parece fascinante.
Porque una fotografía puede tener una vida mucho más larga que el propio momento para el que fue creada.
Una imagen realizada para una revista puede terminar formando parte de la historia de la arquitectura.
Una fotografía de un edificio puede seguir circulando décadas después.
Y, si el edificio se transforma o desaparece, esa imagen puede convertirse incluso en una de las pocas maneras de acceder a lo que fue.
Por eso el libro no estudia solamente fotografías y fotógrafos.
También habla de publicaciones, archivos, circulación, protagonistas y contextos. Su estructura se mueve precisamente desde los medios y canales de difusión, hacia los fotógrafos y finalmente hacia episodios concretos como el turismo, la industria, la colonización o la periferia.
La fotografía construye memoria
Esto cambia también la responsabilidad de quien fotografía arquitectura hoy.
Normalmente pensamos en el presente:
la web del estudio,
la revista,
Instagram,
LinkedIn,
un concurso,
una campaña.
Pero una fotografía puede tener otra vida.
Dentro de diez, veinte o cincuenta años alguien podría utilizar nuestras imágenes para intentar comprender cómo era una arquitectura que hoy consideramos contemporánea.
Y entonces nuestra fotografía dejará de ser únicamente comunicación.
Será documento.
Será archivo.
Será memoria.
Pero hay un problema
Si conocemos un edificio únicamente mediante fotografías, podemos terminar confundiendo ambas cosas.
La imagen y la obra.
La representación y la experiencia.
La fotografía y la arquitectura.
Es precisamente uno de los problemas que plantea Bergera: los historiadores pueden llegar a tratar las fotografías como si fueran los propios edificios, cuando en realidad son interpretaciones particulares realizadas en un momento determinado.
Y esto me parece especialmente importante ahora que consumimos arquitectura casi exclusivamente a través de pantallas.
Instagram también construye arquitectura
La lógica no ha cambiado tanto como parece.
Antes eran las revistas.
Después los libros y catálogos.
Hoy son también Instagram, Pinterest, las webs de los estudios y las plataformas digitales.
Pero la pregunta sigue siendo la misma:
¿Qué imagen construimos de una arquitectura cuando decidimos cómo mostrarla?
Una vivienda puede parecer completamente diferente dependiendo de las fotografías que la representen.
Podemos mostrarla como:
- un objeto escultórico;
- un refugio;
- una vivienda familiar;
- una pieza integrada en el paisaje;
- un ejercicio material;
- un espacio de luz.
El edificio es el mismo.
La percepción cambia.
Por eso el fotógrafo tiene un papel mayor del que parece
Cuando fotografiamos arquitectura no solamente estamos produciendo imágenes para el presente.
Estamos construyendo parte de su relato.
Y eso me hace pensar que nuestro trabajo debería tener dos tiempos.
El tiempo de la comunicación.
La fotografía que necesita hoy el arquitecto, el estudio o el promotor.
Y el tiempo del archivo.
La fotografía que quizá algún día explique cómo era esa obra y cómo la mirábamos.
Entre ambos hay una responsabilidad.
Porque quizá dentro de muchos años alguien vea nuestro trabajo y piense que aquello era la arquitectura.
Y nosotros sabremos que no.
Que era nuestra mirada sobre ella.

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